CARTA ABIERTA

CARTA A RAÚL.

Raúl, te escribo a pocos días del comienzo del congreso y lo hago porque objetivamente creo que esta misiva puede llegarte. Esta semana pasada me han leído 15.283 personas, y un número muy significativo lo ha hecho desde dentro de Cuba. Este dato lo agradezco especialmente por las complicaciones y el coste que supone conectarse a internet en la isla para la mayoría. Pero también sé a quién no le resulta tan difícil ni costoso, a muchos que están cerca de tí, por eso creo que alguno de estos puede hacerte llegar estas letras.

Quiero comenzar diciéndote que nos conocemos o que, al menos, nos saludamos e intercambiamos unas frases de cortesía. Me preguntaste mi nombre y finalizaste con un: “conversaremos”. Te sitúo porque de esto ya hace unos años. Fué en el evento de inauguración de la oficina comercial del gobierno de Brasil en la Quinta Avenida del barrio habanero de Miramar. Tú estabas con el entonces presidente brasileño Lula. Yo llegué acompañado por quien me había invitado, y lo hice tarde porque habíamos ponchado con el carro de camino hacia allá.

Cuando entramos, clavaste tu mirada en nosotros por haber llegado más tarde rompiendo el protocolo que dictaba que todos estuviéramos presentes cuando ambos presidentes, Lula y tú, accediérais. No fué una mirada amable, pero tu semblante cambió cuando reconociste a quien me acompañaba. Se trataba de alguien que había formado parte del círculo de confianza de tu hermano. Viniste hacia nosotros, saludaste efusivamente a mi amigo, él me presentó, Lula se acercó también, y conversamos unos minutos. Fué entonces cuando resumiste lo que te dije con un: “no es fácil”, a lo que yo añadí: “tampoco es difícil, lo que hay es que intentarlo”, y zanjaste con la invitación antes mencionada de: “conversaremos”.

Mi amigo no era otro que aquél a quien se le ocurrió crear las primeras microbrigadas de construcción sin pedir permiso a nadie y consiguiendo materiales de vete a saber dónde. Eran tiempos de tu hermano y este acabó por saberlo. Mandó llamar a mi amigo y se dió por preso. Pero en una sorpresiva reacción, lejos de apresarlo, oficializó la idea y se encargó de que fuera nombrado diputado en la Asamblea con plenos poderes para el desarrollo del objetivo. Entonces ni nos conocíamos, me lo contó más tarde.

Él había estado casado con una bellísima mulata oriental a la que conoció cuando ella era brigadista, tiempo del que conserva como recuerdo dos hernias. Los años pasaron y quien más tarde llegara a ser mi amigo prefirió como compañía otras jevitas más jóvenes, pero a los actos oficiales acudía acompañado por ella, mucho más presentable, aunque ya no permanecían casados. Fué entonces cuando la conocí y acabamos compartiendo vivienda. Él se aparecía por allá ya que no le gustaba aquello de que ella pudiera estar con otro, privilegio que se reservaba para sí mismo.

Así nos conocimos. No parecía un buen punto de partida, pero dos asuntos comenzaron a variar la percepción que cada uno teníamos del otro. Éramos fanáticos a Industriales, y yo andaba con la idea de crear una fundación por la que él se interesó. Una cosa llevó a la otra… y llegamos al día en que tú y yo nos saludamos.

Alentado por mi amigo, sin muchas esperanzas reales de mi parte, permanecí expectante a todo lo que se avecinaba: la implementación de los lineamientos del congreso anterior, la ley de la inversión extranjera, el desarrollo del cuentapropismo, las zonas de desarrollo especial, la voluntad de cambio en lo social y político, la unificación de monedas, la asunción de críticas y la admisión de la diferencia de opiniones. Todo ha resultado ser un desatre. Ni qué decir de lo relacionado con las visitas papales y presidenciales… Raúl, ya no hay posibilidad ninguna de poder seguir creyendo en voluntad alguna de cambio. Y la paciencia de muchos se agota.

Tengo 58 años y el firme deseo de pasar en Cuba la mayor parte del tiempo que me quede de vida, pero me encuentro, como muchos, con un terrible problema, amo tanto la isla como la libertad y, hoy por hoy, ambas son incompatibles. Abogo por una transición rápida y pacífica, oponiéndome frontalmente a los defensores de la violencia como método para resolver la situación. Ni siquiera defiendo la venganza como prioridad, pero esto no debe ser confundido con ausencia de determinación ni con dejación de mis ansias de justicia y libertad. No te confundas, porque creo que lo vas a hacer cometiendo un error garrafal.

Cuba, fíjate lo que te digo Raúl, se parece a los países capitalistas en un aspecto esencial: los intereses económicos de unos pocos manejan los hilos políticos. Pero es que en la isla la perversión del sistema es total porque el entramado económico y político está en manos de los mismos, con uniforme verdeolivo y galones con estrellas en los hombros. Precisamente por esto quizás estés pensando en sucederte a tí mismo poniendo un otro tú llamado de otra forma. ¿Alejandro? Demasiado obvio, pero muy posible. ¿Canel o alguien similar? Más disimulado pero igual si va a estar controlado por todo lo anterior.

Raúl, todo esto sería un inaceptable ‘cuento chino’, ya sabes por qué lo llamo así, que nos dejaría sin argumentos a los que defendemos a ultranza una transición pacífica pero rápida. Muestra tu autoridad en el congreso y levanta tu voz para anunciar lo único que puede ser aceptado: la convocatoria de elecciones libres. Que quien nombres no sea a título de tu sucesor sino a título de tu candidato a la presidencia en esas elecciones libres, y que compita con quienes representen a otros sectores de opinión y de pensamiento en otros partidos políticos distintos. Y hazlo con tiempo y sin trampas.

Y cuando digo sin trampas me estoy refiriendo a que puedan votar todos los cubanos, independientemente de dónde residan, y que cualquiera pueda presentarse y, en su caso, ser elegible y elegido. Por los amantes de la violencia y los defensores de la venganza no te preocupes porque, si das este paso, te aseguro que no serán una opción mayoritaria que llegara a gobernar con posibilidad de legislar para dar rienda suelta a su ira. En realidad, con posibilidades ciertas de ganar, sólo competirían los defensores de tu sistema y los que votaremos por el cambio real.

Y aquí es donde debes demostrar qué clase de estadista eres. Si crees que la mayoría de cubanos respalda vuestra revolucionaria gestión nada tienes que temer, tu candidato ganaría las elecciones y nada más que hablar hasta la convocatoria de las siguientes. Pero si resulta que la mayoría la obtiene quien represente la voluntad real de cambio, deberás reconocerlo sin resistirte a marcharte como están haciendo otros conmilitones tuyos. Ese es el verdadero sentido de la democracia, la dignidad y el honor.

Raúl, no luches más contra la historia, vuestra etapa ya pasó. Tú lo sabes. El artículo 133 de la constitución vigente que vosotros redactásteis dice: “Tienen derecho a ser elegidos los ciudadanos cubanos que se hallen en el pleno goce de sus derechos políticos”. Restituye estos derechos a quienes arbitrariamente se los arrebatásteis por disentir, convoca elecciones, presenta a tu candidato, deja a todos los cubanos decidir en libertad, y compite con gallardía. Más nada. Todo lo demás vendrá por sí solo. Si no lo haces, Raúl, la historia te condenará.

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