COTIDIANEIDAD

Hugo es un cubano que me prestó cien dólares sin yo pedirlos, eran parte de sus ahorros por si algún día se iba. Como así fué… El motivo del préstamo no es parte de la historia de hoy, sólo significa la amistad que nos une.

Su jardín y mi porche están separados por una reja baja que, lejos de incomunicarnos, alentaba la conversación cuando coincidíamos. Y tengo la impresión de que ambos hacíamos por que esta situación se produjera con frecuencia.

Él es hijo de un ex viceministro que se marchó para Miami. Su mamá también. Y todos sus hermanos. Hugo ha sido marino, ha visto mundo, y nunca quiso irse de Cuba. Pero las circunstancias mandan.

Tiene dos jimagüas, dos hijos gemelos, destacados estudiantes, tanto que fueron becados en la Lenin, la escuela en que aprenden alumnos brillantes elegidos. Al acabar el pre, marcharon para Canadá, donde la madre, divorciada de mi amigo, los esperaba con su nuevo marido.

Hugo dejó la marina y comenzó a trabajar en un ministerio. Su sueldo se desplomó y empezó a rentar habitaciones a turistas en divisas. Como ya hacían los papás de Nitza, su amiga desde niños, vecina suya con solo cruzar la calle.

Nitza también estuvo casada, con un marido que tomaba cantidad, hasta que él murió joven y alcoholizado. Antes tuvieron una hija, que de adolescente se convirtió en una jovencita alta y guapa. Y la madre comenzó a temer que eligiera un mal camino.

Pero Hugo y Nitza convirtieron su amistad de siempre en amor, y ella cruzó la calle con su hija. Ahora mis vecinos eran los tres. La joven se echó un noviecito, pero este marchó para España, donde sus padres habían alquilado un bar. Un bar que no funcionaba.

Y los convenció para irse para Miami. Toda la familia de Hugo, y el novio, con sus padres, de la hija de la nueva esposa de mi amigo, Nitza, ya estaban por tanto en la Yuma. Entonces, la chiquilla, separada de su amor por sólo noventa millas de mar, comenzó a añorarlo. Y a insistir en irse.

Hugo, rentando habitaciones en divisas, y con sus padres y hermanos en Miami, disponía de mayor fortuna que un cubano medio. Y Nitza, hija de un chófer de rastra que, con su esposa, también rentaba, contaba asimismo con recursos.

Accedieron a que la joven se fuera, y lo prepararon todo. Debía llegar a México y contactar con alguien de confianza que la ayudara a cruzar la frontera con EE.UU. con ciertas garantías. Esa confianza les costó muchos dólares.

La noche en que la muchacha cruzó parte del desierto y vadeó el río para pisar suelo USA la pasé con ellos. Todos esperando una llamada de teléfono que avisara del ok. A partir del año de conseguirlo, la darían la residencia.

Sonó el teléfono ya amanecido. Ella se reunió con su amado y comenzó a trabajar con una amiga de la madre que había marchado antes. Cuando vió los primeros dólares se compró un carro, y mandó fotos en él. Todos sus amiguitos en La Habana la envidiaban. Quizás no tuviera para comer, pero manejaba su auto.

La historia es muy larga, pero con lo contado hasta ahora basta para ilustrar qué quiero decir. En Cuba, sobre todo los jóvenes, necesitan salir para tener sus dólares y sus carros, y vestir de marca, y oir música de la buena, y manejar internet desde sus móviles de última generación.

Y buscan recursos para lograrlo, y se disponen a llegar al paraíso al precio que sea. Y aquí llegamos a lo que llevo contando en los últimos días. 90 millas son más de 2.000 para muchos de ellos, dos mil millas llenas de riesgos.

En México se han contabilizado más de 9.000 cubanos, en lo que va de año, camino de EE.UU. Otros miles, como la hija de Nitza, no están registrados en su paso. Más de 7.000 han sido albergados en Chiapas.

En Costa Rica ahora mismo hay 4.500 varados, y en Panamá ya se hacinan más de mil. En Ecuador hay 16.000, muchos de ellos con sus visados temporales caducados; y en el consulado ecuatoriano en La Habana, cientos esperando el suyo. Y Miami es una ‘pequeña habana’.

… Poco después Hugo y Nitza se casaron con papeles, fueron reclamados desde Florida por sus familiares, tramitaron su salida, pasaron incertidumbre y fatiga porque en la isla nada es fácil, y también ellos salieron.

¡Hasta Hugo!, que nunca se iría…

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