Ley y práctica

La única inversión segura hoy en Cuba consiste en apostar contra el castrismo.

Quizás debería escribir de la política de “pies secos-pies mojados”, o del programa Parole para médicos, o, incluso, de la propia Ley de Ajuste Cubano… Actualidad para muchos, pero irrelevante a mi criterio por el momento preciso en el que se producen cambios. A pocas horas del relevo presidencial en EU, olvidar este contexto significa confiar poco en la fiabilidad de las instituciones. EU es una nación seria, y su propio sistema no admite que se mantengan ad infinitum improvisaciones de última hora.

Y a la seriedad institucional me quiero referir. En Cuba no existe el concepto de rigor. Las leyes caminan por un lado, y el día a día, la puesta en práctica diaria de esas mismas leyes, lo hace en dirección opuesta. Sólo se cruzan para beneficiar a las élites comunistas. Es importante tener esto en cuenta cuando algunos se plantean inversiones en la isla.

Si lees las leyes, puede parecer que se han abierto o se pueden abrir vías de mejora. A peor no pueden ir, porque todo se legisló desde los comienzos de la revolución para dinamitar cualquier proyecto que supusiera progreso. Desde que se aprobó la Ley 118 de la Inversión Extranjera, muchos han creído en lo que dice, y ahora se están arrepintiendo. Lo mismo ocurrirá con quienes confíen en futuras aparentes modificaciones de carácter favorable.

No voy a entrar en “detalles” como la incapacidad de poder contratar a tus propios trabajadores, pongo por ejemplo. Este tipo de cosas se supone que son conocidas… Prefiero detenerme en algo: En un momento del proceso que transcurre entre que un inversionista plantea abrir un negocio en Cuba, y el instante en el que es autorizado, el negocio “desaparece” de su control. Es justo aquí donde se producen todas las trampas.

Me explico mejor: El negocio que sea debe ser autorizado por un Ministerio, aunque la aprobación venga sellada por la Cámara de Comercio, y a ese Ministerio lo que le llega es un proyecto que ha elaborado una consultoría cubana con la que el inversionista está obligado a contratar. Sólo la consultoría, no el inversionista, está autorizada a presentar el proyecto al Ministerio. Para entonces, el inversionista ya ha depositado dinero. Está “cogido”.

Cuando el inversionista vuelve a saber de su proyecto, el control ya está en manos de su contraparte cubana, socio en la práctica del entramado ministerio-consultoría. Y ha tomado el control con dinero del inversionista, porque la parte cubana jamás pone un peso en un negocio. Llegados acá, o “tragan” o se quedan sin nada de lo depositado hasta entonces. Y si tragan, seguirán tragando más y más, porque la espiral de descontrol sobre su propio negocio los irá fagocitando conforme les vayan cayendo arriba todas las leyes escritas, interpretadas a conveniencia de lo que eufemísticamente y con tremendo descaro llaman: “intereses prioritarios de la revolución”.

Vayan a ver una azotea en Centro Habana, y el yate del hijo castrito, y comprenderán perfectamente cuáles son esos intereses prioritarios. Hoy en día, la inversión más segura en la isla consiste en apostar por quienes estamos en la pelea para tumbar todo este despropósito. No se lo digo como anticastrista, que también, sino como Asesor Empresarial que desea ganarse su confianza para no defraudarla. Ustedes sabrán, es su dinero…

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