Libertad para expresarme

Desde hace veinticinco siglos, la dignidad personal está ligada a la capacidad de reflexionar en voz alta sobre los límites de la conducta de los gobernantes. La libertad de expresión es el resultado de una filosofía de la naturaleza, la antropología y la lógica. Se trata de una sabiduría social que evita el recurso a la fuerza y la caída en la barbarie. Defenderla significa convertir en virtud un estilo de razonamiento que se resiste a emitir un juicio sobre el destino de los demás en nombre de un futuro perfecto. Por eso frente a la recriminación de los integristas, los totalitarios, los terroristas, la libertad de expresión no es una moralina sino un arte de la convivencia basado en un compromiso intelectual.

Las ideas de Sócrates se consideran, aún hoy, una aproximación a la verdad basada en la libertad de decir lo que se piensa y la flexibilidad para someterlo a debate. Fue un filósofo analítico y prescriptivo, capaz de convertir una idea en un comentario político; un adalid del derecho a expresarse libremente sobre los temas más comprometidos; un icono de la libertad y teórico del dilema ante la tesitura de expresar lo que se piensa o de callar. Sócrates descubre que los hombres necesitan unos fundamentos realistas para la acción moral, y advierte que son incapaces de ponerse de acuerdo sobre cuáles deberían ser tales fundamentos. No cuentan con una base sólida para esos cimientos.

Sócrates fue condenado. Desde entonces, en veinticinco siglos, sugiero conocer a Hipatía, en la Alejandría del siglo IV, víctima de sus ideas, condenada como culpable. O a Pedro Abelardo, en el París del siglo XII, condenado a dejar de hablar en público, se le perdonó la vida a cambio de su silencio. O a Lorenzo Valla, en el Renacimiento italiano del siglo XV, donde ya aseguraba que los poderes ilegítimos evitan la difusión de ideas contrarias, un camino que corre en paralelo al halago y el culto a la personalidad de los líderes. Que sólo un sistema opresor es capaz de servirse de la calumnia, el descrédito, la censura o, incluso, la muerte.

Conozcan de Galileo, groseramente humillado, obligándole a retractarse de sus ideas en público, postrado de rodillas ante sus acusadores. Lean la “Sacra…, real Majestad” de Quevedo en 1639. Revisen a Thomas Macaulay, del Londres de 1820, cuando aseguraba que la información es la base de la democracia y que ésta no es posible sin libertad de expresión. O sobre el affaire Dreyfus, y los rumores trufados de calumnias contra este capitán y su no veraz espionaje para el enemigo. O, más cerca ya en el tiempo, lean a Kolakowski, filósofo autor de “Las principales corrientes del marxismo”, donde escribe que el simple hecho de que exista una versión oficial, totalitaria, hace que cualquier otra visión se convierta en disidencia. Incluso la erudición es sospechosa… Quiero terminar el repaso con Aung San Suu Kyi, firme en su arresto domiciliario desde 1989, por convertir su vida en una lucha por la dignidad.

…Veinticinco siglos con la humanidad sufriendo ataques contra la libertad de expresión. El totalitarismo avanza de forma universal, aniquilando la crítica y negando los propósitos de la sociedad abierta. ‘Incidentes’ y ‘malentendidos’ para algunos… Y contra quienes sí damos importancia debida a todo esto, insultos, calumnias, manipulación y venganza. ¡¡Previsible!!

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