Madre Cuba

Siempre he considerado Cuba como una madre que se dejó seducir por un fanático cargado de ilusiones falsas al poco de nacer yo. Por aquel entonces, como es natural, yo no tenía uso de razón, sólo me guiaba por un innato amor y dependencia hacia mi madre. Ella era entonces una distinguida dama muy bien tratada respetando su dignidad.

A medida que fuí creciendo, mis hermanos mayores fueron dividiéndose. Unos, seducidos por las promesas del fanatico, fueron radicalizándose ellos también. Otros, comenzaron a sufrir una cruel lucha interna entre el apego a nuestra madre y la conciencia, cada vez más fundada, de que aquel iluminado no iba a traer consigo nada más que desgracias, lo que resultaba visible sólo con contemplar cómo trataba a nuestra madre. Ya no le importaba ella, sólo aprovecharse de su posición para iniciar un proceso de reparto de sus bienes entre los hijos que lo toleraban a cambio de privilegios.

La mayoría se vendió por casi nada, pues estos privilegios terminaron por ser repartidos sólo entre unos pocos. Muchos no lo quisieron ver, otros no supieron verlo, demasiados no lo quisieron aceptar. Mis hermanos mayores, los más dignos entre ellos, no fueron capaces de soportar el trato recibido por nuestra madre y buscaron rehacer sus vidas lejos de aquel infierno. Pero llevaron a mamá en su corazón y jamás, incluso hoy, dejaron de luchar por alejar al fanático de ella y de nuestras vidas. Mención aparte merecen los hermanos que se enfrentaron y se siguen enfrentando a él justo delante de sus narices.

Mamá ha sufrido mucho viendo pelear a sus hijos, sobre todo comprobando la cobardía y la violencia de una parte. Ella hace ya mucho tiempo que tuvo conciencia de su gran error, pero lo supo cuando era tarde. Tanto padecimiento ha hecho mella en su otrora esplendorosa imagen. Hoy, las visitas dicen que aún se encuentra bien. Lo creen engañados por lo que aparenta el iluminado y sus radicales seguidores, los más egoístas, cobardes, ignorantes e inescrupulosos de todos los hermanos. Pero los que la conocieron en su plenitud saben y cuentan cómo era ella.

Debo reconocer que mi inmenso amor por mamá me hizo estar ciego durante años, sólo a medida que fuí viendo cómo ella sufría fuí también tomando conciencia de quién era el culpable. Discutí mucho con mis hermanos que aún no se iban, y con los que no se irían nunca. Con los primeros rivalizaba en argumentos, el paso del tiempo demostró que los suyos carecían de peso. O terminaron por irse, o acabaron por callarse. Con los otros, más radicales incluso que el propio fanático, no había forma de discutir civilizadamente. Ya sólo obedecían consignas.

Mi madre ya era una mujer sometida, temerosa y falta de libertad, cuando con el brillo de sus ojos fué capaz de que la entendiera. Hijo, comprendí que me decía, no sufras más, vete y busca a tus hermanos mayores, jamás olvides tampoco tú cómo era nuestra vida antes, únete a quienes piensan en todos nosotros y en las nuevas generaciones. Y ayudad a los más valerosos que se enfrentan desde acá adentro. Que los valores que lleváis en vuestros corazones iluminen el camino de todos aquellos que no tuvieron la oportunidad de vivir en aquel tiempo. Me siento muy apenada por mis hijos traidores (ella no utilizó esta palabra, pero la intensidad de su mirada la delató), pero estoy esperanzada en que seáis capaces de movilizar las conciencias de los demás, los que aún creen que su verdadero padre es el iluminado que me engañó.

Mamá, mi amada Cuba, aquí estoy sin olvidarte un sólo día. ¡Cuánta razón tenías! Entre fanáticos, egoístas y traidores, he encontrado hermanos valientes, decentes y luchadores que llevan tatuado en lo más profundo de sus almas su indesmayable amor por tí. Cada día lloro recordándote, y cada día brinca mi corazón cuando compruebo que muchos de tus hijos, mis hermanos, tienen como misión vital y prioritaria alejarte de quien tanto dolor te infringe. Recuperarás tu libertad y tu dignidad. Prometido.

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