Raúl en París.

Cuando hace décadas impartí mi primer seminario en La Habana a cuadros directivos de empresas estatales, Cuba salía del “Periodo Especial”. La Unión Soviética había desaparecido como tal, y con ella los rublos que llegaban a espuertas manteniendo la economía de la Isla. En aquella época las penurias eran máximas. Por ejemplo, se producían tantos apagones de luz que los cubanos llamaban “alumbrones” a los escasos momentos en que contaban con suministro eléctrico.

Pero entonces se daban dos circunstancias que ayudaban a soportar tantas privaciones, y que hoy no se dan. Una era la figura carismática de Fidel, que dotaba de sentido en el imaginario popular tantas carencias, desde un ideal de resistencia heroica ante el imperialismo. Y otra era la ausencia de información del exterior, lo que provocaba un aislamiento que evitaba hacer comparaciones con sistemas de vida distintos, esos que casi unánimemente se denostaban como oprobioso capitalismo.

Así se evitaron disturbios o revueltas populares. Con esto y con el férreo sistema de control que ejercía el Partido a través del Ministerio del Interior, la Seguridad del Estado y los Comités de Defensa de la Revolución. Y entonces el Líder Máximo se fijó en un iluminado venezolano que sentía adoración por el barbudo Castro. Fidel no tardó en dar cancha a este tipo que manejaba un país rico gracias a su extraordinaria producción petrolera.

Fidel comenzó a mimar al del chándal y la boina colorada, y consiguió su petróleo a cambio de médicos y miembros de la Inteligencia, todos mezclados. Y así pudo mantener el régimen sin mayores contratiempos. Pero un golpe del destino se llevó al venezolano por delante, no sin antes haberse asegurado ambos que todo seguiría igual. La Revolución (bolivariana en el caso del occiso) continuaría adelante, expandiéndose por el continente, firme contra el imperialismo. Ya habían creado la ALBA, la Alianza Bolivariana para las Américas.

Y la Inteligencia cubana, que había permeado con sus batas blancas los órganos de poder venezolanos, se aseguró de que un chófer de guaguas estaba suficientemente “maduro” para seguir con tan encomiástica labor. Con Chávez trasmutado en pajarico que se posaba en el hombro de su sucesor para darle instrucciones, y Fidel encomendado a su hermano menor, la Patria estaba a salvo. Y su financiación también.

Pero desde Venezuela comenzaron a llegar noticias preocupantes sobre la dudosa seguridad de que aquello fuera a durar lo suficiente. Raúl, más pragmático, giró la cabeza para comenzar su juego con un afroamericano de más al norte, un tipo al que le gustan los grandes titulares. Titulares como “Acabó la Guerra Fría”, “Cayó el Telón del Caribe”, y todas esas cosas…

Como se me está acabando el espacio, igual que a Raúl el tiempo, saltaré a la visita de este a París. Hollande, que no es Mitterrand aunque se llamen igual, lo recibe. ¿Y qué? La pelota sólo está en el tejado del gobierno cubano. Si en Cuba se quieren evitar disturbios, Raúl no es Fidel, y los cubanos ya disponen de información como para no soportar más fracasos, hay que hacer algo y pronto.

Por eso mismo estoy convencido de que en abril, muy a pesar de las convicciones ideológicas de los mandamases comunistas, el Partido aprobará en su Congreso normas que posibiliten realmente la inversión extranjera, la atracción de capital, y la prosperidad y bienestar de los millones de cubanos que malviven en la Isla. El salto va a ser tan grande como el peligro de que, si no, les salten al cuello a ellos.

Alguno, de tez oscura, se apuntará un tanto. Daño colateral. La única verdad es que quienes van a sacar a Cuba hacia delante van a ser inversores privados, muchos de raíces cubanas, cuando vean con claridad, el dinero es muy miedoso, que las cosas no es que tengan que cambiar, es que cambian.

No hay otra.

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