Unirnos o desunirlos

Esto lo invento, lo otro lo callo…

Tengo repetido hasta la saciedad que el próximo once de octubre celebraré mi sexagésimo cumpleaños en Cuba respirando libertad. Muchos no me creen, pero sí los necesarios para llevar a efecto un plan con el que lograrlo. Somos conscientes de que todo pasa porque la propia asamblea cubana apruebe una Ley de la Reforma Política que inicie el camino a la democracia. Y sabemos que puede parecer imposible…

Como soy escritor, voy a inventarme una historia para que algunos más saquen conclusiones. Confío en que unos cuantos sepan ver por dónde voy… Esto que a continuación relato es ficción, pero lo que callo no lo es.

“Érase una vez, unos diputados nacionales, representantes de una provincia, se reunieron con unos inversionistas extranjeros que presumían de tener buenos contactos en la isla. Los diputados sabían que todo lo que prometieran serían incapaces de cumplirlo. Los inversionistas querían creer todo lo que escuchaban. Todos, menos uno. Su reunión marchaba viento en popa. Unos proponían, los otros asentían; unos confiaban, los otros garantizaban. Tan bien iba todo que comenzaron a bajar la guardia conforme iban surtiendo efecto los tragos de ron con los que acompañaban su recién estrenada confianza, pactada a base de mentiras y credulidad.

Entonces, uno de los inversionistas creyó ver señales suficientes como para dar un paso más allá, y pasar de la confianza al compadreo. ¿Sería posible festejar todo aquello con unas jevitas? Eran tipos de gustos exquisitos y no se conformaban con unas jineteras de mucho uso, ellos pretendían estrenar jovencitas.

En una isla donde una élite lo considera todo como su finca particular, y donde la miseria que han creado presenta casos de insólita codicia en un grito desesperado de sálvese quien pueda, la solución apareció en forma de unas menores de edad ilusionadas con recibir fulas suficientes para hacerse con un celular de última generación.

Aquellas tiernas bellezas se convirtieron en manzanas del paraíso que todos, inversionistas y diputados, arrancaron del árbol. Todos, menos uno. El reparto de las manzanas no derivó en una gran discusión pues todas ellas presentaban una apariencia apetitosa.

El azar quiso que la elegida por el diputado más reconocido fuera hija de un militar de alto rango. Ni el diputado lo sabía ni, obviamente, este soldado condecorado podía imaginar que su hija anduviera en estos menesteres a tan temprana edad. Él negaba caprichos a su hija para educarla en los valores revolucionarios, pero un celular está para los adolescentes muy por arriba en su prelación de prioridades…

El caso es que todo aquello, pasado el tiempo, no valió para nada en términos de negocio. Los diputados no cumplieron lo que prometieron y los inversionistas sólo recibieron aquel homenaje iniciático como recompensa a todos los regalos que continuaron haciendo en la infundada esperanza de lograr algo. Todos, menos uno. Ese que fue acumulando pruebas irrefutables de todo por si acaso pasara lo que al final sucedió.

Ahora, esas pruebas han caído en manos de quienes quieren torcer voluntades para cambiar las cosas. Y se preguntan: ¿cómo reaccionará el militar cuando sepa que un diputado estrenó a su hija a cambio de unos fulas por invitación de unos extranjeros? ¿cómo reaccionará el diputado cuando sepa que algunos saben qué pasó y están decididos a demostrarlo? ¿querrá que el militar lo sepa? ¿se arriesgará a que más arriba comprueben que esto pasó a base de pruebas incontestables? ¿y los otros que también estuvieron?”.

Así termina mi relato como escritor. Historias como esta, o peores, con sus correspondientes pruebas, han ocurrido por todas partes en la realidad y las conocemos. Atemos cabos, los diputados de la asamblea nacional son quienes aprueban las leyes. No lo harán si no se les ‘ayuda’ a decidirse. Solo se trata de conocer el número suficiente de historias. Las más valiosas son las que les dividen, como esta que inventé.

 

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