Verdadera amistad

Como a las once de la noche de un día ya lejano, recibí la llamada de un gran amigo. Me preguntó:

– ¿Cómo estás?

No recuerdo bien por qué, el caso es que le respondí:

– Solo.

– ¿Quieres que vaya a tu casa?

Casi sin darme tiempo a responder, en quince minutos estaba tocando a mi puerta.

Hablé horas y horas de todo cuanto me preocupaba. Él, atento siempre, me escuchó.

Al clarear el día siguiente, yo estaba totalmente fatigado. Me había hecho mucho bien su compañía y que me escuchara.

Él vió que me encontraba mejor y me dijo:

– Bueno, me retiro, tengo que ir a trabajar.

Sorprendido, le respondí:

– Pero no me dijiste que tenías que ir a trabajar, mira qué hora es, no dormiste nada.

Sonrió diciéndome:

– No hay problema, para eso estamos los amigos.

Lo acompañé hasta la puerta y, cuando se alejaba en dirección a su auto, le grité desde lejos:

– Escucha amigo, a todo esto ¿por qué me llamaste anoche tan tarde?

– Te quería dar una noticia.

– ¿Qué pasó?

– Me dijo el doctor que tengo un tumor en el cerebro y me quedan pocos días, solo es cuestión de esperar… Que tengas un feliz día amigo.

Se dió la vuelta y se fué.

No supe reaccionar, pasó tiempo hasta que pude asimilar la situación. Me maldecía a mí mismo. ¡Cómo pudo ser que cuando me preguntó “¿cómo estás?” me olvidara de él y solo hablara de mi! ¿Cómo tuvo fuerzas para escucharme, sonreírme y darme ánimos?

Desde ese mismo día, mi manera de ver lo importante de la vida cambió por completo.

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